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domingo, 26 de septiembre de 2010

Capitulo 2. No hace mucho.


El caminante avanzaba dificultosamente. El camino, muy deteriorado y lodoso por las últimas lluvias, discurría en una hondonada entre un bosque de pinos. Hacia muchos años quizás unos 500, el camino estaba completo y mantenido, los árboles eran talados hasta 20 metros a cada lado (para evitar emboscadas de bandidos) y cada tanto había un conjunto de construcciones que oficiaban de puesto de guardia, hostería y almacenes. Cuando el ultimo Emperador murió y sus hijos se disputaron el trono, los guardias fueron convocados a la lucha y se fueron, los bandidos comenzaron a surgir poco después de comenzar la guerra, haciéndose cada vez más numerosos. Las hosterías y almacenes sin guardia fueron rápidamente saqueadas, no siempre por los bandidos, también había campesinos hambrientos dado que las cosechas y el ganado habían sido requisadas por los ejércitos. Una vez abandonados los almacenes y hosterías decayeron bastante rápidamente. Con el tiempo llegó la paz y poco a poco, se fue reacomodando la vida. Sin embargo el camino nunca fue reparado. Ahora era fácilmente transitable en algunos puntos sobre todo en las cercanías de grandes aldeas y ciudades, donde las autoridades comprendían  los beneficios y tenían fondos para dedicarles. Y, si bien, en la mayoría de su trazado el camino estaba muy deteriorado, aun era preferible ir por él que hacerlo a campo traviesa, al menos ofrecía unas ventajas, siempre llevaba a algún lado y los puentes estaban transitables. Los bandidos habían disminuido pero no desaparecido del todo. Sin embargo esto no preocupaba mayormente al caminante.
El caminante no tenia gran cosa que pudieran robarle, sus ropas eran viejas y gastadas, su bastón rustico y robusto, con empuñadura de latón y puntera de bronce. Apenas tenía unas pocas monedas de cobre, y un gran cuchillo con funda de fieltro, al igual que sus botas. El bastón y el cuchillo anunciaban problemas para quitarle lo poco que llevaba, de modo que era preferible dejarle correr.
Le habían dicho que siguiendo el camino llegaría a una ciudad portuaria. El caminante nunca había visto el mar. Pero había leído sobre él y las tierras al otro lado del mar, cuando era poco más que un niño, allá en la casa dónde había nacido y se había criado

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